02/02/2009
El Teorema. BURLADERODOS.COM
Texto: Jorge Arturo Díaz Reyes. Feria de Bogotá.
¡Dame la mano Luis! Le gritó a Bolívar la pequeña pero recia ganadera Venus Zarzur, cuando la izaron en hombros. A su lado, sonriente y también cargado iba Uceda Leal. Anochecía, y frente a ellos los fotógrafos disparaban a discreción. Era el epílogo de una de las mejores corridas de la temporada colombiana, si aplicamos el teorema: trapío + casta + toreo = X.
Y la uniformidad no fue la norma. Mixta, un rejoneador, un torero de reemplazo, tres tauromaquias y tres nacionalidades distintas, variopinta y diversa de juego, ocho toros, 143 kilos de diferencia entre uno y otro, tres devueltos vivos; dos por lesión y uno indultado, un sobrero de otro hierro… en fin, una corrida plena de matices, de incidentes y de intensidades emocionales que no incluyeron jamás el aburrimiento, y que fueron expresadas por una plaza medio vacía, o medio llena según usted convenga, desde los silencios absolutos hasta las algarabías de locura, desde la felicidad hasta la ira, desde el puño airado hasta el pañuelo batiente.
Pero dentro de la rica disparidad, se cumplieron las tres premisas del teorema. Uceda Leal, torero de Madrid, torero de cartel, torero de una oreja, llegó a cambió de “El Fandi” y cortó tres, que debieron ser cuatro, porque sentó cátedra en dos faenas rotundas, contenidas, de una elegantísma sobriedad castellana, en las cuales primaron, como debe ser, la verónica, el pase natural y la suerte suprema. Pero sin caer en rutinas, porque las variaciones de capa y muleta, largas, delantales, chicuelinas, trincheras, cambios de mano, molinetes, faroles destellaban precisos, oportunos en la justa medida para cambiar el tono del discurso.
Especialmente la del cuarto, brindado a los Sanz de Santamaría, que fue un recital de mano izquierda, interpretado con exquisita sensibilidad, en la tesitura exacta del toro, que justo de fondo no aceptaba sino cuatro muletazos por vez, y que por eso llegó preciso hasta el final, hasta el último de los treinta que traía. Intentarle uno más hubiese sido exceso, uno menos no hubiese sido perfecto. Igualó y qué volapié, clásico, letal, puro. El del primero también lo había sido pero tardó el efecto. Si cabe alguna crítica, sería la de los no muy apretados embroques. Pero, bueno, ¿Quien hubiese querido ver al maestro con la barriga ensangrentada luego de tanta pulcritud?
A Luis Bolívar se le ponía la tarde cuesta arriba. Su alternante triunfaba incuestionablemente, mientras a él le habían cambiado entre protestas al burriciego segundo por un imposible sobrero bronco, incierto, esperador, buscador y negado del todo a embestir contra el cual no valieron sus esfuerzos y riesgos. A los gritos de \"¡mátalo, mátalo!\" entró tres veces, pinchando las dos primeras, para irse silenciado al callejón. “Se llevó el peor lote” lamentó pesimista, meneando la cabeza, el veterano José Galeano, junto a mí. Pero no. Luis, hombre curtido en dificultades, no desmayó, y vio a “Gallardo”, el quinto Alhama, terciado, noble, y bravo, desde que saltó. Dos verónicas rodilla en tierra, cinco de pie y dos medias en los medios, que, ¡Hágame el favor! Luego, capote a la espalda, ligó cuatro cacerinas espléndidas para ponerlo en suerte con una revolera colorida y exacta.
Cayetano, sumiso, apenas le picó. Y el quite por nicanoras y larga marcó el otro gran contraste de la tarde. Si las litúrgicas faenas de Uceda habían sido coreadas como rezos, esta del moreno caleño se rugía como una orgía. De nuevo en el centro, el cartucho en la izquierda, la espada en la derecha, el galope tendido, de largo, y la muleta desplegada con un giro del cuerpo para cambiar con explosiva pedresina preámbulo de una río de pasión que se desbordó por naturales plenos más que por derechas, con broches forzados, atrincherados, firmados y desdeñados. Emoción de bravura y toreo, pero auténtica, honda, sin caña, toque y temple, toque y mando, toque y aguante, morro abajo, codicia domeñada, tranco alegre, vaya y venga. La plaza que se caía, Doña Venus exultante, con los ojos brillantes, ocultaba su sonrisa con las dos manos. “Lo van a indultar”, volvió a decir Galeano, y ahora no se equivocó. Mientras la faena corría larga y torrentosa, comenzaron a flamear pañuelos, hicieron mayoría, el griterió se generalizo, y el palco tardó pero cedió. Tres derechas y uno de pecho lo pusieron en el túnel de toriles a donde entró todavía galopando. Las dos orejas simbólicas y la vuelta fue otra rumba.
Joao Moura estuvo festivo y mandón con el encastado tercero, incluso se permitió una sorpresiva improvisación cuando sobre la marcha y como un prestidigitador se sacó yo no se de donde una muletita y pegó a caballo cuatro pases, bueno, cuatro trapazos, la verdad sea dicha, que causaron gran efecto en el tendido. La cosas no es nueva, es una vieja suerte americana (ver Cossío), pero se aplaudió como un invento genial. No leen. Los hierros de castigo quedaron distantes entre sí, y el rejonazo de muerte ineficaz, pero el descabello fue preciso y la oreja quizás justa. El sexto titular fue devuelto por inválido, y el “bis” un torazo cuajado de Achury Viejo, de los que no se ven por estos lares, salió manso y arreador. Tres pinchazos y un rejón trasero le dieron malamente de baja y dieron paso al acto final de la celebrada tarde con el cual comenzamos.