Nací en Panamá el 21 de abril de 1985. Cuando tenía tres años de edad, mis padres deciden regresar a su tierra natal, a su casa, Cali. Allí crecí y viví los mejores momentos de mi infancia junto a mis dos hermanos. Vivíamos muy cerca de la plaza de toros y recuerdo que me llamaba la atención el traje de luces que se ponían los toreros, por eso siempre soñaba con ser figura del toreo y que la gente me aplaudiera.
Me elaboraron un traje blanco con lentejuelas amarillas, azules, y moradas; piedras de plástico imitando a las reales. Este brillo que me llenaba de una emoción convulsiva, exagerando cualquier sentimiento a tal punto que exteriorizaba mi comportamiento en no quitarme el traje de torero hasta la hora de dormir.
Serian las primeras pinceladas que me ofrecía la vida, indicándome de manera sutil el destino que tendría.
Toreaba a Laika, una canina que teníamos en casa. Cada momento buscaba siempre un pretexto para formar el paseíllo en casa de la abuela. Mi madre viendo y acolitando cualquier iniciativa en la que pudiese ocupar mi tiempo libre decidió buscar la manera para que yo entrara a la Escuela Taurina de Cali.
Aquí resultaría un inconveniente: era muy pequeño de edad para iniciar mis primeras clases. Esto no fue ningún obstáculo. Rápidamente buscaría otra actividad en la cual yo ocupara mi tiempo libre. Aparecería el béisbol no como un deporte sino como alternativa más próxima para el fin que mi madre buscaba: ocupar mi tiempo ya que solía molestar a todos en casa.
A partir de la inscripción hasta llegar los 11 años, mi vida se desenvolvía entre el Diamante de Béisbol, la casa y el colegio, pareciendo que esa ilusión de vestir un traje de luces se esfumaba a través del tiempo y los avatares de la infancia.
El interés todavía me rondaba sobre la cabeza. La fiesta brava se hacia presente cada diciembre en Cali. Yo no decaía en entrar a la escuela Taurina y esto generó que, por el deseo de tener un mayor acercamiento, me inscribiera para trabajar como acomodador en la época de feria, de esto modo podía ver las corridas.
Así de esta manera permanecía en el callejón dejando que me magnetizaran todo lo que envolvía la fiesta del toro. La admiración, el encantamiento y el brillo de los trajes representaban una majestuosidad elevada que no había percibido en otro lugar. El lucimiento que estos transmitían me despertaba nuevamente el llamamiento del querer ser torero, la vida misma me colocaba para mostrarme lo que quería hacer con mi vida.
Por estos mismos años seguía practicando béisbol, tenia alrededor de 12 años y llegaba de participar del torneo Mundial de béisbol categoría pre-infantil realizado en Republica Dominicana.
Me había ganado la posición de Catcher. La verdad no me iba mal y me destacaba en esta posición, pero esto no me satisfacía totalmente. Este mundial de Béisbol sería el último para mí debido a que en el regreso del viaje abandonaría totalmente el béisbol, ya que, llegando del campeonato, decidí no volver a jugar Béisbol y tomando una decisión: matricularme en la escuela Taurina de Cali.
Siguiendo el llamado de la intuición que me viene desde niño, empezaría las clases en la escuela. Mi madre no lo veía con buenos ojos, ya que el toreo representaba una fuerte inversión y en casa no se poseía todo ese dinero para comenzar la carrera. Mi abuela materna al ver mi interés me regalo un dinero para pagar la afiliación de la Unión de Toreros. Ella me dijo que si a mi me gustaba eso pues que habría que hacer lo posible para apoyarme.
Mi padre por cuestiones de su trabajo tenía una amistad con el maestro Enrique Calvo el Cali y habló con él para que me recibieran en la escuela taurina alternando mis estudios en horas de la tarde. Así poco a poco entraba al mundo del toro….Siguiendo con mis primeras clases el maestro Enrique Calvo el Cali, me preguntó que si yo quería ser Torero, el de manera espontánea me enseño sus cornadas en las piernas diciéndome: “ ¡Mire! lo que hacen los toros”, yo le respondí con la misma naturalidad que él me decía: “ Bueno… de algo uno se tiene que morir”.
En la escuela empecé a tener muchos tentaderos. Fui adaptándome rápidamente y empecé a destacarme entre los primeros puestos, posibilitándome las novilladas de pre-feria de la ciudad. Yo estaba muy ilusionado. Las cosas marchaban bien para mi debut sin picadores ya que pronto me pondría un traje de luces pero aparecería un problema, no tenía todo el dinero para comprar el traje. Mi madre sin pensarlo dos veces y como se dice “salvando la campana” aceptó cambiar el juego de muebles por el primer traje de luces que me pondría en la ciudad de Quito.
De esta manera obtendría mi traje de luces para torear mi primera novillada sin caballos. Aquí iniciaría mi carrera para convertirme en torero.